Ajenas a las pretensiones humanas y al despotismo de las sociedades industrializadas, las fuerzas de la naturaleza manifiestan cíclicamente su tenaz poderío y continúan modelando nuestro planeta. Los fondos marinos afloran a la superficie y la erosión sigue esculpiendo valles y montañas; grandes masas de corteza terrestre se hunden en el mar mientras magma incandescente y gases tóxicos fluyen desde las entrañas de la Tierra. Nubes de cenizas ocultan el sol, cambian el clima o envenenan el aire; los ríos alteran su curso, forman lagos o inundan las napas del subsuelo. Mientras en algunas regiones la sequía mata de sed, en las antípodas el exceso de agua arrastra y ahoga a los que son alcanzados por un tsunami. Terremotos, erupciones volcánicas, inundaciones, corrimientos de tierra, huracanes y ciclones… Es el pulso natural de un mundo que se reinventa así mismo cada día, que nos da la vida o nos la quita, con la inocencia del que no puede evitar ser Todopoderoso.
Es verdad que los desastres naturales son impredecibles, pero sabemos que existen. También sabemos que se pueden salvar muchas vidas, evitar daños materiales y sufrimientos adicionales a miles de víctimas inocentes, cuando las tecnologías y la legalidad vigente tienen por objeto primordial salvar vidas y proteger a la población. Desgraciadamente, millones de personas en todo el mundo, no sólo deben sobrevivir por sus propios medios a los embistes de la naturaleza, sino también a la mediocridad y a la codicia de otros hombres.
Hoy es 15 de marzo de 2011
Mientras escribo esta introducción, el pueblo japonés todavía se resiente de las consecuencias dramáticas del megaterremoto 8.9 y el tsunami que destrozó sus costas y ciudades. Pero que nadie diga que era imprevisible. Japoneses y chilenos compartimos los efectos devastadores de un mismo fenómeno tectónico: el Cinturón de Fuego del Pacífico. Estamos sometidos a los designios geofísicos de una banda de más de 80.000 kilómetros que discurre bajo las profundidades del Océano Pacífico y que concentra la mayor actividad sísmica y volcánica de nuestro planeta.
El registro histórico de los violentos terremotos y tsunamis que azotan periódicamente las costas de Japón y Chile, así como islas y áreas circundantes, está escrita en varios idiomas desde hace milenios. En castellano, existen crónicas de estos sucesos desde la llegada de los primeros conquistadores españoles a las costas occidentales de América.
Muchos han padecido y padecerán las consecuencias de esta mala memoria. No habría que olvidar nunca que la naturaleza siempre ha tenido y tendrá la última palabra.
Estas páginas están inspiradas en el recuerdo de los millones de daminificados que dejó el terremoto/tsunami que arrasó el centro de Chile en febrero 2010. Desde entonces miles de víctimas inocentes permanecen abandonadas a su suerte por un sistema de convivencia injusto legitimado por una Constitución fraudulenta heredada desde los tiempos del dictador Pinochet. Uno de los muchos dramas humanos que se repiten en todo el mundo y que se ocultan a la opinión pública internacional.
Guillermo Muñoz Vera
15 de marzo de 2011 |